Que interesante proponerse pensar en casualidades y/o causalidades, en el destino, algo que se va tramando a lo largo de la vida o que ya fue designado desde un principio, o como es mi parecer, que todo ,desde que el mundo surgió, es la consecuencia inevitable de hechos que por "propio peso" se desencadenan y en consecuencia de cada de detalle que aparece en nuestras vidas y que a su vez son la consecuencia de cosas o sucesos anteriores, que a su vez etc, y así ad infinitum. De esta manera también llego a algo parecido al pensamiento griego, salvo que ellos pensaban que cambiar el destino era imposible, y de todas formas o de peor forma se llegaba a él, en mi caso cambio eso por el hecho de que esas acciones son parte del destino, es decir, el querer cambiarlo por saber lo que depara también estaba escrito. No apunto solo a hechos específicos como "Matarás a tu padre y desposarás a tu madre", si no en todo hecho, decisión, acción y pensamiento del ser particular, en conjunto con factores externos tanto fortuitos como adversos.
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Filosofía
El destino es un constructo metafísico y como tal está sometido a interpretaciones. El destino sería la sucesión incognoscible e inevitable de acontecimientos que ocurren en diferente lugar y tiempo cuya consecuencia del pasado que afecte uno o más hechos futuros, así como la red de posibilidades del futuro a causa de las acciones presentes y los acontecimientos pasados.
El destino se relacionaría con la teoría de la causalidad que afirma que «toda acción conlleva una reacción, dos acciones iguales tendrán la misma reacción», a menos que se combinen varias causas entre sí haciendo impredecible a nuestros ojos el resultado.
Nada existe por azar al igual que nada se crea de la nada.[1] Todo tiene una causa, y si tiene una causa estaba predestinado a existir desde el momento en que la causa surgió. Debido a que la inmensa cantidad de causas es impensablemente inmensa, nos es imposible conocerlas todas y enlazarlas entre sí.
Desde un punto de vista religioso el destino es un plan creado por Dios, por lo que no puede ser modificado de ninguna manera. Esto, por supuesto, exceptuando el conocimiento judeocristiano que rechaza de plano (desde la Sagrada Escritura) la existencia de una predestinación absoluta (debido al libre albedrío, que entre otras cosas, hace al hombre ser imagen y semejanza de Dios).
Los griegos llamaban al destino «ανανκη » (Ananké)y lo consideraban una fuerza superior no solo a los hombres sino incluso a los mismos dioses. El destino era Moira (rebautizada como Fatum para la mitología romana).
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Los antiguos griegos y la libertad
La idea de libertad, ha adquirido a lo largo de la historia de la filosofía matices diversos, incluso contradictorios. Los griegos abordaron el concepto en sus múltiples dimensiones. Consideraron el orden cósmico que asignaban al destino, la importancia de la autonomía política y la libertad individual, desembarcando inequívocamente, en el dilema moral que subyace en la profundidad del concepto de libertad.Libertad frente al destino
La noción de libertad naturalse relaciona con la idea de un orden cósmico determinado por el destino.¿Es posible ser libres frente a la predestinación? Posiblemente, pero esta clase de libertad, no constituye muestra alguna de dignidad humana. Por el contrario, es una suerte de honor haber sido elegidos por el destino para llevar adelante una necesidad del orden cósmico. Y en esta línea, actuar conforme a un destino necesario, implica una libertad elevada, superior.
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Como todo concepto en la Antigua Grecia tenía su propio Dios o imagen, el destino también estaba representado en la sociedad Helénica como tres bellas Moiras o Nornas, las cuales tenían un papel muy importante en el concepto de la vida.
Las Moiras son seres pertenecientes a la mitología griega, personificación del destino o Anagké (su equivalente romano son las Parcas, personificación del Fatum). Aunque se las reconoce en ciertos pasajes como hijas de Zeus y Temis, es más probable, sin embargo que sean hijas de Nix, la Noche, diosa que concebía por sí sola (Teogonía de Hesíodo).
Las Moiras son tres, Cloto, Láquesis y Átropos, "la que hila", "la que asigna el destino" y "la inflexible". Son la personificación del destino, y su misión en el horizonte mitológico griego, es la de asignar el destino a los seres que nacen, deparándoles suertes y desgracias.
Como diosas del destino velan porque el destino de cada cual se cumpla, incluyendo el de los propios dioses. Asisten al nacimiento de cada ser, hilan su destino y predicen su futuro. Se las representaba como tres mujeres de aspecto severo: Cloto, con una rueca; Laquesis, con una pluma o un mundo y Átropos, con una balanza.
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Mucho antes que Sócrates se preguntara sobre el Bien y el Mal, sobre el destino de la vida y sobre la realidad de la muerte, muchos otros filósofos y escritores habían indagado acerca de los secretos de la existencia humana.
A lo largo de la historia, el hombre ha dirigido su atención hacia su propio mundo interior. Gracias a esta búsqueda de lo intrínsecamente humano hemos podido disfrutar de grandes producciones artísticas, como las tragedias griegas. Pues en ellas, se narran las aventuras del hombre, que explora los abismos y vericuetos del alma.
En el año 334 a.C. Aristóteles postuló que la tragedia (mediante una serie de circunstancias que suscitan piedad o terror) es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones.
Este proceso, que se denomina "catarsis", es la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas.
El fondo común de lo trágico será la lucha contra un destino inexorable, que determina la vida de los mortales; y el conflicto que se abre entre el hombre, el poder, las pasiones y los dioses.
Sus temas, sin duda grandilocuentes, no solo no han perdido vigencia, sino que además se resignifican y materializan continuamente, en los distintos sucesos que padece la humanidad.
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Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino.
Charles Reade (1814-1884) Escritor inglés.
Yo creía que la ruta pasaba por el hombre, y que de allí tenía que salir el destino.
Pablo Neruda (1904-1973) Poeta chileno.
